jueves, 13 de febrero de 2014

Las apariencias no engañan


Las apariencias, no sólo no engañan, sino que completan la realidad. Si nos fijamos en el cuadro de Magritte, veremos cómo el reflejo del puente sobre las aguas turbias de la imaginación ofrece esa parte de la realidad que no es visible. No parece simplemente un puente en ruinas. Se trata más bien de un puente a medias, de una obra incompleta que se termina de ver sólo en su reflejo.

Se ha acusado al arte de ocuparse únicamente de las apariencias, de cultivar los reflejos, se le ha acusado de insustancial, de poco provechoso. El halo de inutilidad que rodea a todas las artes no ha conseguido nunca ocultar esa habilidad para descubrir lo invisible a simple vista, para encajar como un guante, con toda naturalidad, en esa realidad incompleta a la que falta la mirada que termina de crear el mundo.


La vida necesita ser correspondida. Ella lanza su presencia enamoradiza y el hombre responde con su propia fe en la magia de pensar que es un ser necesitado. De ese modo el amor llega como una necesidad natural. Finalmente, el hombre se siente querido (necesitado) como un buen amante al que no faltan motivos para desear.


Desde la vida en las cavernas, los hombres han sentido la necesidad de pintar, aportar algo que estaba y no estaba en lo que veían. Había algo en los ciervos, en los bisontes, en las flechas, en la sangre, que no era suficiente. Algo tan grande, tan delicado en la propia realidad visible, que había que señalarlo de alguna manera. La vida es demasiado intensa para no copiarla. Y ese reflejo devolvía su intensidad al mundo.

Nos hicimos adictos a los reflejos. La vida perdía color sin ellos. Las nubes se deshacen con tanta magnificencia porque su existencia es tan delicada como la de un reflejo. El mar basa su grandeza, compartida con los charcos más humildes y efímeros, en su principal condición de reflejo.





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